¿Alguna vez has sentido que tu hogar se ha convertido en un centro de rehabilitación para visitas indeseadas? ¿Que tu sala parece un parque público donde cualquiera se instala sin previo aviso? Tranquilo, no estás solo. Para esos “amigos” que confunden tu casa con un hotel de cinco estrellas (sin pagar la tarifa), aquí te traemos una guía irónica y sarcástica para deshacerte de ellos sin ser acusado de falta de hospitalidad. O al menos no abiertamente. Nada dice “vete ya” como un bostezo dramático a media conversación. Exagera, como si estuvieras interpretando a un león agotado en un documental de la sabana. Asegúrate de mirar el reloj cada dos segundos y decir frases como: ¡Uy! Qué tarde se ha hecho, ¿no? Si la indirecta no funciona, aumenta la dosis: Mañana tengo un día larguísimo. Tengo que madrugar para mi cita con... mi cama. Si el bostezo no funciona, nada espanta a una visita incómoda como el sonido de la escoba. Ponte a limpiar a su alrededor con cara de “si no ayudas, mejor lárgate”. Frases como: Bueno, voy a empezar a fregar, porque si no lo hago ahora, no duermo tranquila funcionan de maravilla. Si se atreven a quedarse, sube el nivel: saca la tabla de planchar o, mejor aún, empieza a organizar tus recibos de agua y luz. Ningún ser humano soporta eso. Si la persona es de esas que solo están para el chisme superficial, propón una conversación profunda y filosófica: ¿Te has preguntado alguna vez cuál es el propósito de la vida? O suelta un: Hablemos de mis traumas de infancia. La incomodidad hará que busquen la puerta más cercana. Garantizado. Si son resistentes a la incomodidad filosófica, usa la técnica del “tengo planes” (aunque sean ficticios). De repente, revisas tu teléfono y exclamas: ¡Ay, se me olvidó que tengo que salir en 10 minutos! ¿A dónde? Eso es lo de menos. La clave está en actuar con convicción. Busca las llaves, ponte una chaqueta y empieza a cerrar ventanas. Si son extremadamente persistentes, sal de la casa y camina con ellos hasta la esquina. Un sacrificio menor para una gran victoria. Si todo lo anterior falla, no queda más que aplicar el método definitivo: la temida amenaza de la siesta. ¿Te molesta si me echo una siestecita aquí en el sofá? Es que no puedo más. Ponte la pijama frente a ellos, apaga las luces y, si es necesario, ronca falsamente. No hay visita molesta que soporte semejante desplante. Si te sientes valiente, puedes optar por la honestidad brutal: Mira, ha sido un placer verte, pero necesito un poco de tiempo para mí. Claro, esto solo si no temes perder esa amistad para siempre. Pero seamos sinceros: ¿realmente quieres conservarla? Ser un buen anfitrión incluye saber cuándo una visita debe irse. Y aunque en la vida real uno debe ser cortés, nunca está de más reírnos un poco de esas situaciones incómodas. La próxima vez que alguien confunda tu casa con su sala de espera personal, pon en práctica alguno de estos consejos. O, mejor aún, cámbiate de casa y no le des tu nueva dirección.